Una nota de parte de Jesús “Chuy” Valdez…

Lágrimas brotaron de mis ojos mientras escuchaba durante la cena a tres personas hablar sobre un edificio de oficinas de siete pisos que el gran terremoto que se extendió por la Ciudad de México el año pasado destruyó. El edificio, Álvaro Obregón 286, fue el peor derrumbe en la ciudad, llevándose 49 vidas.

Los rescatistas que compartían nuestra mesa también lloraban mientras los sobrevivientes compartían sus experiencias. Un minuto sus amigos y compañeros de trabajo estaban a su alrededor y al siguiente el edificio se derrumbó, enterrándolos a todos en los escombros. Cómo las voces y la respiración de las personas atrapadas y heridas se iban desvaneciendo hasta que solamente tres de ellos quedaron con vida. Cómo compartieron palabras positivas para apoyarse mutuamente durante las 35 horas previas a su rescate.  En la fotografía: Paulina Gómez, Isaac Ayala y Lucía Zamora (de izquierda a derecha).

Paulina Gómez, una psicóloga, perdió a 38 jóvenes compañeros de trabajo, muchos de ellos estaban alrededor suyo. Ella fue la única sobreviviente en el piso donde trabajaba. Hoy está tratando de recuperar el movimiento en su tobillo luego de sufrir una fractura expuesta en su pierna.

Isaac Ayala, un trabajador de la construcción, habló sobre una mujer que trabajaba en el mismo piso y a la que ayudó llegar hasta la escalera de emergencia durante el temblor.  Después de que el edificio colapsara, ella lo agarró del pie y le pidió que la ayudara. A medida que pasaban los minutos, su agarre se fue relajando y entonces comprendió que ella había muerto. Isaac no resultó herido y regresó a su trabajo remodelando oficinas y hogares.

Lucía Zamora, una consultora de marketing, estaba al lado de Isaac en el derrumbe. Ahora vive en España y estudia literatura. Después de haber escrito su historia, comparte su experiencia con las familias de las víctimas por su propia resiliencia y para disminuir su dolor. Ella fue la última sobreviviente sacada de los escombros luego de 36 horas.

Los tres sobrevivieron más de 35 horas en un espacio de 40 cm (aproximadamente 1.5 pies), entre dos losas de concreto del tercer y cuarto piso. Nos agradecieron por nuestra ayuda y por darles “una segunda oportunidad en la vida”, y nos pidieron que continuáramos preparándonos para este tipo de emergencias.  A mí como ingeniero, me pidieron que trabajase duro para evitar tragedias relacionadas con el colapso de edificios. Ahora saben que hay miles de edificios como el AO-286 y les gustaría que nadie más muriera como lo hicieron sus amigos y colegas. Liberé mi última lágrima– no por tristeza, sino por orgullo.